Lady Bird es una mirada que afecta las relaciones que nos dan forma, las creencias que nos definen y la incomparable belleza de un lugar llamado hogar.

La alta cultura puede ser una buena musa. Pero no siempre lo es. Por ello, es reconfortante saber que Gerwig ha contado esta historia de la adolescente de Sacramento, Christine McPherson quien prefiere el apelativo “Lady Bird” con mucha frescura y sin ninguna impostación. A ello colabora sin dudas Saoirse Ronan, actriz a la que conocimos por “Expiación” (2007) o “Brooklyn” (2015), y que ha sabido borrar su acento irlandés para transfigurarse en esta antiheroína californiana de 17 años.

Christine escribió el guion basándose en sus recuerdos de pubertad, va a un colegio católico de prestigio, pero tiene una familia de clase media cuya economía viene siendo golpeada. El padre (Tracy Letts), programador informático, es echado de su trabajo, mientras su hermanastro Miguel (Jordan Rodrigues), pese a haber terminado sus estudios, sigue viviendo en el hogar de sus padres junto con su novia (Marielle Scott). Por último, Marion (Laurie Metcalf), la madre, es una psiquiatra que debe laborar a doble turno en el hospital de la ciudad.

 

Saoirse Ronan nominada al Oscar a Mejor Actriz  domina casi todos los planos con una presencia arrolladora que, bien aprovechada por Gerwig, Sin embargo, lo interesante es que “Lady Bird”, del mismo modo que el clásico francés, ha sabido colocar un trasfondo social significativo, crítico, sutilmente dramático, con cada personaje secundario.

 

Con un estilo sobrio y disciplinado, de tomas abiertas o de conjunto que evitan el efectismo sentimental de planos muy cercanos al rostro, Gerwig conmueve con las secuencias del padre, siempre dispuesto a comprender a su hija a pesar de su propia vulnerabilidad. La precariedad de la clase media también sale a flote en las discusiones algo subidas de tono entre Christine y su madre. En un duelo que entrelaza amor y recriminación, ambas consiguen llevar la relación filial y maternal lejos de cualquier estereotipo.

Gerwig no es una directora de imágenes sofisticadas o ampulosas. Su estilo no es pictórico. Ella prefiere un cine de seguimientos serenos, la captura realista de momentos llenos de espontaneidad: uno de comedias tristes y desengaños de la vida cotidiana. En la órbita del francés Rohmer, solo que con el desenfado y, a veces, la vibración eléctrica estadounidense de John Cassavetes. Christine, en su obstinación por ser una adolescente de provincia que viaja a la Costa Este, “donde está el arte y la cultura”, dice ella, se topará con la soledad. Y sumará, a su imagen de melancólico ‘clown’, la cuota de dolor definitiva.