Amy Adams es Susan Morrow, una galerista de arte de Los Ángeles. Ha perdido la ilusión por su trabajo y la pasión por su segundo marido (Armie Hammer). Un día recibe el manuscrito de una nueva novela de Edward (Jake Gyllenhaal), su primer marido, titulado Animales nocturnos, que es cómo él la solía llamar. El libro, que está dedicado Susan, trata de un esposo (representado por el propio Gyllenhaal), casado con una mujer sospechosamente parecida a Susan (Isla Fisher) y una con una hija adolescente que, en un viaje nocturno en coche a través de Texas, sufre un violento incidente con una cuadrilla de gamberros liderada por un psicópata agresivo (Aaron Taylor-Johnson).

Así, Animales nocturnos, la segunda película de Tom Ford, contiene una historia dentro de otra y tres líneas temporales. La primera, la poco estimulante y frustrada vida de Susan, infeliz en su trabajo y en su matrimonio. La segunda, a modo de flashbacks, el pasado de Susan y la relación con su madre y con Edward. La tercera, el hilo argumental de la novela que Susan lee sobrecogida.

Tom Ford se esfuerza en encajar las tres líneas argumentales pero sólo lo consigue en el plano formal y, muchas veces a partir de transiciones tan forzadas como artificiales. Narrativamente es una película muy poco cohesionada y dramáticamente se intuye, más que se ve, la alegoría que hace la novela de la relación entre Susan y Edward. Sus primeros días de noviazgo y la posterior ruptura, profetizada por la madre de Susan (una Laura Linney demasiado joven para ser la madre de Amy Adams), transcurren en paralelo a la subtrama de la novela. Tan en paralelo que no llegan a cruzarse nunca.

Hay dos momentos que destacan sobre el resto en la película: la introducción, grotescamente inquietante, y la escena nocturna. Sin embargo a partir de ahí Tom Ford construye una película tan hermosa como fría. Técnica y estéticamente es una película irreprochable, con un reparto extraordinario (a los nombres ya citados hay que añadir el de Michael Shannon), sin embargo no termina de funcionar a nivel emocional. Por momentos la película se siente tan vacía como la industria del arte que se critica, de una manera más bien burda, en la película. Más preocupado de la estética que de pulir los engranajes que articulan la conexión entre las historias o de dar profundidad a sus personajes, Tom Ford desarrolla su película de manera previsible con algunos subrayados excesivamente obvios.

Dicen que en el guión hay muchos cambios respecto a la novela Tres noches de Austin Wright en la que se basa el libro. Lo que si parece claro es que Tom Ford ha tratado de llevar la historia a su terreno y que quizá ese no sea el más adecuado para la historia que nos quiere contar. El contraste entre los problemas maritales de una mujer millonaria con una historia violenta del Texas rural, sólo provoca distanciamiento entre dos historias destinadas a conectarse. El tono elegante y frío de la historia de Susan salpica a la historia de la novela que debería ser mucho más sucia, sudorosa y rabiosa.

Viendo la película no pude evitar acordarme de Cronenberg y su Una historia de violencia, de Almodóvar e incluso de David Lynch en los pasajes más oníricos. No tanto porque el estilo de Ford me recordase al suyo, como porque la película me hacía pensar que ellos, con ese material y esos medios, hubiesen logrado con esas escenas lo que Tom Ford se proponía.

Por: Ricardo Fernandez de El Contraplano